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2018 04 22 Diario de viaje "Palestina". Marcelino Flórez

 

ISRAEL-JORDANIA-PALESTINA, 22 de abril/1 de mayo, 2018

 

23 de abril

Teníamos tantas prevenciones adquiridas, que resultó un placer cruzar la frontera en Tel Aviv. Un guía nos facilitó los pasos y los guardias ejercieron su oficio con benevolencia. Enseguida, al bus; una guía sefardí argentina, Liliana Volpi; y un desayuno abundante, pero extraño.

Camino de Haifa, aprendemos que Tel Aviv significa Colina de Primavera. Un millón de habitantes y, aunque heterogénea, domina la imagen limpia y los rascacielos. Puro occidentalismo.

Haifa es la segunda ciudad, sobre una colina y sus laderas. Tiene buena pinta. Nos detenemos a ver Stella Maris, de los dominicos, un santuario mariano de otra época, o sea, de Juan Pablo II.

Liliana nos cuenta la Biblia en los trayectos de carretera. La información es buena, judaizando.

Aprendemos que Beetzebá son los 7 pozos que compró Abraham cuando llegó desde Ur a la Tierra Prometida; que Ismael significa “Dios me escuchó” y los ismaelitas son los árabes; que Isaac significa “Sonrisa” y sus descendientes son los judíos. El relato del mesianismo y de Jeshuá es endeble.

Llegamos a Nazaret y visitamos la Casa de María, un moderno templo franciscano anacrónico. Me interesan las dos construcciones antiguas: la casa-cueva y primera iglesia; y la segunda iglesia, de la que quedan unas columnas sobre potentes pedestales, tal vez de época de los cruzados.

La Casa de José tiene un solo interés: el aljibe para el baño o bautismo, en hebreo mitjà o algo así. Conserva unos mosaicos de época romana.

Terminamos en el Lago de Tiberiades, junto a los Altos del Golán, donde comemos. Luego visitamos la capilla de la colina de la Bienaventuranzas. Hice yo la lectura de la Biblia, que vamos relatando en cada lugar destacado. Lugar sagrado, uno más, bonito de conocer, lugar de peregrinación, para mí lugar de mi cultura infantil cristiana. Lo más destacado, la vista sobre el lago, el de la pesca milagrosa, el de las apariciones sobre las aguas, el de la multiplicación de panes y peces. Destacan Los Altos del Golán al Este.

En el hotel recuperamos la misma vista, que, después de la ducha, parece más bonita.

 

24 de abril, martes

Comenzamos en Cafarnaún. Han levantado una iglesia junto al lago, con la piedra que servía de mesa a los doce, Allí fue la multiplicación de los panes y los peces. Allí hubo decenas de milagros. Hoy es un ejemplo más del uso económico de los Santos Lugares. Luego vimos la Sinagoga, la de las grandes predicaciones de Jesús. Y la Casa de Pedro, con restos variados, destacando la obra de los cruzados, un edificio octogonal, muy propio de las Órdenes Militares.

El viaje por el valle del Jordán permite comprobar la moderna agricultura israelí y la diversidad de productos. También vemos los kibutz, esa forma cooperativa, aprendida en el socialismo utópico, que da forma al espacio agrario de Israel. Lo malo es que, además de la agricultura, están organizados para la guerra y la expropiación de los territorios circundantes.

Y enseguida, la frontera. Volvió a ser fácil el paso, salvo para Mercedes y para Eva, que fueron las elegidas y tuvieron que retrotraerse hasta los abuelos, si quisieron pasar.

Comimos junto a la ciudad romana de Gerasa y la recorrimos por la tarde, con un calor de justicia. Es una ciudad espléndida, con largas columnatas por el cardo y el decumanus, una plaza elíptica muy hermosa, templos de Zeus , de Artemisa, de Baco, un teatro pequeñito y mucha ingeniería.

Regresamos al hotel, pasando junto a un barrio de palestinos, más de 250.000 en ese espacio, a las afueras de Amman.

 

25 de abril

Visita panorámica de Amman, para comprobar el caos urbanístico, como corresponde a una población de aluvión, formada en su mitad por refugiados. ¡Menuda tarea para el concejal de urbanismo! Paramos en las ruinas romanas, Philadelphia, de mucho interés, donde se ha colado una mezquita omeya.

En Madaba visitamos la iglesia ortodoxa e San Jorge, donde hay un mapa en mosaicos de los lugares santos. Jerusalén con su muralla, el sitio jordano del bautismo, también la Franja de Gaza. Es un documento arqueológico esencial.

El Monte Nebo es pura propaganda. Moisés logró ver la Tierra Prometida, pero las nubes nos lo impidieron a nosotros. Colegialas infinitas, deseosas de un selfi con los europeos.

Y, por fin, el Mar Muerto. Nos hartamos de sal y de risas por la imposibilidad de girar el cuerpo en el agua, donde la flotación determina. Tuvimos sesión de barro y más risas. Una tormenta temerosa llegó desde el Sur, corriendo sobre el mar, y nos obsequió con un poco de agua y mucho, mucho viento huracanado en un camino que hicimos a pie, ensayando los abanicos para la marcha adversa.

Ganó el Madrid, en otra aparición de la Virgen.

 

26 de abril

Un día largo de autobús, con parada panorámica sobre el mar y sus sales y minerales. En Acaba confluyen Jordania, Israel, Egipto y Emiratos Árabes. Es una ciudad nueva y parece cómoda, aunque el tráfico es tan desordenado como en cualquier otra.

Nada más comer salimos hacia el desierto. Montamos en unos todoterrenos y comenzamos a disfrutar de Wadi Rum, con sus montañas peladas y rotas de viento y tormentas. Aquí comenzó la guerra de Liberación, con Laurence de Arabia, la cuna de la patria.

El campamento era un cúmulo de recursos. Estupenda cena buffet con cordero a la pachamanca y unas tiendas beduínas con edredón y servicios, incluida la ducha.

Buen día.

 

27 de abril

Es difícil contar los días de la semana. Creí que había sido sábado, pero era viernes. Salimos del campamento, después de cabalgar a los dromedarios, y nos tocó carretera hasta el castillo de Shoubak, que parecía algo y resultó no ser nada. Lo construyeron los cruzados y fue reconstruido por los mamelucos de Egipto. Ahora son ruinas desordenadas.

Llegamos a la Pequeña Petra, un desfiladero con pocas y poco destacadas construcciones excavadas en la piedra.

Realmente fue un día de traslado, con un par de excusas para justificar el camino. Menos mal que teníamos tarde libre para el sueño y no hacer nada.

En el hotel hace un frío invernizo, especialmente en las habitaciones.

 

28 de abril

Ya antes de entrar en el cañón se intuye que allí hay cosas de interés. Alguna excavación en la piedra volcánica o en la arenisca anuncia que el viajero llega a Petra.

Una tumba sin terminar de esculpir demuestra documentalmente que la tarea se hacía de arriba hacia abajo. Es una tumba de escaleras, que cuenta la creencia en la inmortalidad y sitúa el paraíso en las estrellas que nos aguardan.

El cañón se estrecha y se alarga hasta el cielo, comienzan a aparecer canales y presas, capaces de llevar agua a una población numerosa, también en tiempos de sequía.

De pronto, el cañón se abre a una plaza, donde luce espléndida la tumba real conocida como El Tesoro. Es una talla con elementos arquitectónicos grecorromanos: frontón columnas corintias y otros detalles. Hay dos esculturas de los hijos de Zeus, Cástor y Pollux. También está Isis, la diosa egipcia. Una cúpula representa al sol, con doce puntos de los meses del año, y una vasija representa al agua. Durante mucho tiempo creyeron que esa vasija contenía algún tesoro y dispararon contra ella. De ahí el nombre del monumento. Protegido del agua y del viento, se ha conservado muy bien.

Unas excavaciones recientes han dilucidado la duda de si se trataba de tumbas o de palacios, pues han aparecido hasta ocho metros más tallados bajo el suelo actual de la plaza. Es la tumba del rey Aretas IV, hacia el 40 o el 50 aC.

El cañón se abre a un espacio enorme, donde hay cientos de tumbas, las principales reconvertidas por romanos y bizantinos en palacios o iglesias. Al final del camino, restos romanos de templos y de la vía principal terminan de describir la antigua Petra, la Piedra de los romanos. Las viviendas de la gente han desaparecido con terremotos y erosiones, dejando montones de cantos rodados sobre las suaves colinas del entorno.

La ruina es un barullo permanente de beduinos o de zíngaros con burros y camellos haciendo de taxis y atropellando a la gente. Poco orden y mucho recuerdo de anarquía tribal, índice de la inexistencia de Estado. Eso me gustó poco.

 

29 de abril

Largo viaje desde Petra a la frontera, justo encima del Mar Muerto, en el Puente Allemby o del Rey Hussein, según en qué lado estés. Había muchos autobuses, uno de ellos de palestinos, lo que nos alargó el paso fronterizo, aunque nuestros trámites fueron muy llevaderos. Nada, respecto a lo que nos habían amenazado.

Nos esperaba Liliana, que nos llevó a comer a Belén. A mí me tocó arroz blanco, después de haber desayunado con Fortasec. Pero no me privé del huevo frito.

Nada más salir se veía el muro, con sus torretas vigías en cada esquina y unas revueltas que bien podían usarse como plazas de toros. En ese momento llegaban centenares de trabajadores palestinos a sus casas, tan bien cercadas.

Comenzó el castigo de los santos lugares con la capilla de San Jerónimo, una construcción moderna sin más. Y la Basílica de la Natividad. Es una iglesia magnífica, de arte bizantino, muy clásica, pero ortodoxa, de modo que todo está invadido de velorios y lampadarios acordes con el horror vacui de esa religión. Siguió una cola de muerte hasta llegar al nicho del nacimiento, todo falseado. Por cierto, he oído que la estrella de plata que recuerda el punto de la Natividad está hecha en la calle Platerías de Valladolid y es regalo de Felipe V. ¡Qué peleas con unos estonios, que nos empujaban sin reparos! Les acompañaban unas monjas rezadoras, letanía tras letanía de rosario tras rosario. Y mucha corrupción de guías y popes, colando a la gente. Tuvimos que emplearnos a fondo para parar los pies de más de uno. Desagradable. Le dije a Liliana que nuestro viaje era cultural y no de peregrinación. Y surtió efecto.

 

30 de abril, Jerusalén

La Ciudad de la Paz, esto es, de la paradoja. Y otra, si Jesús, el de Nazaret, anduviese por aquí, no soltaría el látigo para expulsar, primero, a los ortodoxos, después a los católicos y finalmente a los judíos, de los Lugares Sagrados, que no son sino cuevas de ladrones negociadores.

El Monte de los Olivos nos ofrece una vista panorámica de Jerusalén muy hermosa, con olivares recién plantados, sus perfectas murallas de tantos y diferentes siglos, la expansión urbana occidentalizada. Una idea geográfica perfecta de la ciudad.

Comenzamos por el sitio de la Ascensión, donde, para convertir la fe en superstición, podemos ver la huella que dejó sobre una potente roca la última pisada de Jesús en la tierra. Seguimos con el lugar donde Jesús enseñó a orar a sus discípulos. Es un espacio precioso, con el Padre Nuestro en cientos de lenguas sobre mosaicos en las paredes. Me gustó especialmente este lugar, con esta oración, tan laica y tan humanista.

Luego bajamos hasta Getsemaní, la Prensa de Aceite, en el Huerto de los Olivos, lugar del prendimiento. El lugar es ahora un templo, diseñado por Antonio Berluzzi. Como muchos otros de los Santos Lugares, es de los años treinta del siglo pasado, durante la colonización británica. Este está muy bien. Continuamos con el Cenáculo, donde tuvo lugar la Última Cena y Pentecostés. Terminamos en la capilla de la Dormición dela Virgen, una devoción mariana muy extendida, que parece más el núcleo de la religión cristiana que los otros signos, esos sí, evangélicos.

Comimos en Notre Dame, un enorme edificio historicista que hicieron los franceses y ahora regentan los Legionarios de Cristo. Aquí cada secta tiene su propio espacio de financiación. Pero comimos bien.

Y continuamos por la Vía Dolorosa, desde la V Estación hasta el Gólgota. Aquí hay una iglesia de muchos siglos, con elementos bizantinos, occidentales de los cruzados y diversas modernidades y chapuzas. El espacio se lo reparten franciscanos, ortodoxos y armenios, que nunca se ponen de acuerdo, salvo hace unos días, que tuvieron cerrado el templo a causa de una subida de impuestos del alcalde de Jerusalén, un perseguidor de las religiones que no sean la judía. Vimos una gruta, que es uno de los lugares de sepultura, lo que nos dio una idea clara del sepulcro. Casi nadie del grupo 2 se puso a la cola para ver el sepulcro vacío. Sin saberlo, ese fue un verdadero acto de fe, pues es la noticia del sepulcro vacío la clave de la creencia en Jesucristo, no las huellas y, menos, los documentos, que eso no construye fe, sino ciencia. La multitud peregrina nos dice que es urgente una nueva Ilustración, con su Vaticano II incluído, para reiniciar el camino, pero parece que va a tardar.

Después de una café estupendo en una terraza, donde tuvimos ocasión de comprobar la capacidad logística de Angelines, fuimos a la Puerta de Damasco y, desde allí, al Mea She’Arin, el barrio ortodoxo. Es sucio y cutre, como las trenzas del pelo. Primero hicieron taparse a las mujeres, a pesar de estar en la calle. Al poco rato, un pelirrojo iracundo comenzó a gritar en medio de la calle y pronto le secundaron otros cuantos. No quise darme por enterado y le señalé unos cartones amontonados en la acera, por si era eso lo que le molestaba, hasta que un hombre bondadoso y sin kipà ni filacterias, que me recordó al buen samaritano, nos recomendó dar la vuelta. Salimos del barrio, pero no nos olvidaremos de los ortodoxos.

Todavía por la noche dimos otro repaso al caso viejo, muro de las lamentaciones, barrio judío, barrio ortodoxo, barrio armenio. Y tuve que tomarme un paracetamol para combatir el cansancio y poder dormir. Jerusalén quedó repasada de arriba abajo.

 

1º de Mayo

Antes de coger el avión, dimos una vuelta en coche por Tel Aviv para llegar hasta el antiguo puerto de Jaffa. Poco que ver y una calorina insufrible me dejó de recuerdo una faringitis.

Volamos en un avión grande, que sirvió para redondear la buena fortuna que nos ha acompañado en toda la excursión. Llegamos todas y en buen estado.

Marcelino Flórez

 

 

 

 

 

Última actualización ( Lunes, 14 de Mayo de 2018 06:04 )
 
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